¿Por Qué Rompí mi Regla de No Salir con Fumadores?

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Yo tenía 7 años la primera vez que visité Nueva York. No recuerdo haber visto la Estatua de la Libertad o el Empire State Building. Ni siquiera recuerdo a qué miembros lejanos de la familia estábamos visitando. Sin embargo, recuerdo haber retenido la respiración mientras caminaba por Manhattan. Odiaba el olor a cigarrillos y, a mediados de los años 90, estaba en todas partes.

Crecí en un suburbio de Los Ángeles, y nadie fumaba. Mis padres no lo hacían. Sus amigos no lo hacían. Nadie en la calle lo hacía. Simplemente no era parte del sano estilo de vida de Los Ángeles.

Luego fui a una pequeña escuela de artes muy liberal a 90 millas de la ciudad de Nueva York. El colegio estaba lleno de gays, maestros de historia del arte e intelectuales pretenciosos. Sobra decir que todos los que conocí fumaban. (Y si querías ser un artista aún menos comprendido, hacías tus propios cigarrilos).

No entendía lo que le encontraban de divertido. Olía asqueroso. Es una adicción cara. Y en medio del invierno, tienes que dejar tu calientita cama para salir a fumar en la nieve. Pero aún más que eso, no parecía que disfrutaran fumar sino que lo hacían por mera actuación, para mejorar su propia marca nihilista personal. Al fumar, se comunicaban: “Es genial matarte lentamente. Confía en mí, lo sé. He leído todo lo de Kierkegaard”.

Así que me prometí no salir nunca con un fumador. Yo claramente no lo entendía, y estaba algo disgustado por eso. Odiaba besarme con gente que sabía a cenicero.

Después de la universidad, por algúna extraña razón del destino, terminé trabajando como investigador, coordinador y consejero en una clínica para dejar de fumar. Pasé mis días hablando con gente de todas las edades que querían dejar de fumar cigarrillos.

Escuché sus historias. Sus luchas. Qué desesperadamente lo querían dejar, y todos los reveses que se interponían en el camino. Recuerdo que me llamaron cuando uno de mis pacientes – alguien que me había gustado mucho – murió porque ella fumaba aún con su tanque de oxígeno puesto. Era algo que le advertí repetidamente que no hiciera, pero que debió de haber olvidado en su vejez.

Como adulto, por primera vez en mi vida, los fumadores que yo conocía no eran sólo hipsters privilegiados; Eran personas que fumaban debido a sus dificultades y necesitaban algún tipo de liberación. Querían disminuir su estrés. Irónicamente, fumar en realidad aumenta el estrés, pero de alguna manera muchas personas tratan de aliviarlo.

Hay una pletora de investigación que explica por qué las minorías experimentan más estrés debido a ser parte de un grupo marginado, y por lo tanto son más propensos a fumar. De hecho, la gente gay, lesbiana, bisexual y transgénero fuma cigarrillos en tasas alarmantes. En la última década, el número de fumadores en los Estados Unidos ha disminuido del 21% al 15%, pero para los individuos LGBTQ, la tasa es del 31% — más del doble.

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Una nueva investigación acaba de salir a principios de este año en la revista académica Pediatrics, analizando las tasas de tabaquismo entre LGBTQ y cuestionando a los adolescentes. Los datos de la investigación, extraídos de una encuesta de casi 15,000 estudiantes, revelaron que sólo el 30% de los adolescentes heterosexuales han probado productos del tabaco, comparado con el 41% de los jóvenes gays y lesbianas, el 39% de los jóvenes bisexuales y el 32% de aquellos que no están seguros de su orientación sexual.

Los investigadores señalan que aquellos que experimentan rechazo familiar son más propensos a fumar que aquellos que provienen de una familia que apoya y acepta su orientación sexual.

Durante el tiempo que trabajé como consejero para dejar de fumar, (finalmente) admití ser bisexual. Esto fue después de aproximadamente cinco años de citas a escondidas con chicos. Cinco años de noches sin dormir y confusión sobre “quién soy”. Cinco años de auto-destrucción y odio, ni siquiera por ser raro, per se, sino por ser incapaz de “descifrar mi mierda”.

La lucha es real para los adolescentes y adultos LGBTQ. Luchamos con altas tasas de depresión, ansiedad, suicidio, TEPT (transtorno por estrés postraumático) y abuso de sustancias. Todas éstas, razones por las que seríamos más propensos a optar por un cigarrillo.

Personalmente, sé que luché con mi identidad, el abuso de alcohol, otras drogas y tener relaciones sexuales sin protección (antes de los días de PrEP). También sé que mi lucha palidece en comparación con la mayoría de los otros adolescentes LGBTQ. Soy un hombre blanco, de clase media alta, cisgénero. Nunca hubo una cuestión de si mis padres me echarían fuera de la casa por ser queer. Cuando por fin salí del clóset con ellos, me dieron la bienvenida con los brazos abiertos. Mi universidad era increíblemente amistosa con la sociedad LGBTQ. En realidad, fue clasificada como una de las 20 universidades más amigables con la comunidad LGBTQ. Mi historia de salida del clóset fue un paseo por el parque en comparación con tantas otras personas LGBTQ.

Así que renuncié a mi regla de no salir con fumadores de cigarrillos. Uno, porque no puedo darme el lujo de cortar el 30% de los hombres y mujeres con los que puedo salir. Tener citas ya es suficientemente difícil como para complicarlo más. Y la segunda razón, porque mientras que el fumar es “malo para ti,” la gente que fuma no es mala. Están estresados y están buscando un poco de escape de su vida cotidiana.

Aunque nunca animaría a alguien a comenzar a fumar — y si alguien quisiera ayuda para dejar de fumar, utilizaría mi entrenamiento para ayudarlos a dejar de fumar — ya no juzgo a los fumadores. Ya no los estigmatizo o pienso que lo que están haciendo está mal. No dice nada sobre su carácter. Sólo dice que han pasado por algunos momentos difíciles.

Lo entiendo.

Así que ahora estoy abriendo mis brazos a los fumadores amorosos, porque hey, todos tenemos nuestra propia mierda, simplemente existir como gente queer en este mundo. Si necesitas fumar ahora mismo para sobrevivir tus momentos difíciles, no estoy aquí para juzgarte. Estoy aquí para salir y amarte.

 

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